“Benji” de Sun Kil Moon

Portada - Sun Kil Moon - Benji

SUN KIL MOON
Benji
Caldo Verde

La primera vez que escuché hablar de Sun Kil Moon, pensé que se trataba de un cantante oriental, pero luego terminé descubriendo que hacía referencia a un boxeador coreano. A pesar de ello, prefiero quedarme con mi idea inicial de que el nombre sugiere la apocalíptica imagen del “sol matando a la luna”, aunque su música propone algo muy distinto. Escuchar a Mark Kozelek, ahora en su faceta de SKM, es transformar la realidad a niveles menos espaciales. En sus canciones, las cosas terrenales más negativas pueden acabar viéndose hermosas. Cuando sus temas empiezan a sonar, bajan las revoluciones del mundo y en el ambiente se esparce una sustancia incolora e inodora que apacigua a las personas sin narcotizarlas y sin restarles lucidez. Con la guitarra acústica prácticamente como único instrumento, tocada de manera delicada, Benji genera una melancolía que no tiene nada de dulce si uno se detiene a escuchar las letras que giran, todas, alrededor de la muerte. April, su disco del 2008, era un álbum donde finalmente el dolor se mostraba hermoso y esperanzador. En Benji, el pesimismo puede llegar a ser aplastante. En este álbum, Kozelek pone todo, más que nunca, en tonos grises; en una madrugada eterna donde la luz se enciende solo en “Dogs”, con coros de Will Oldham y la batería de Steve Shelley, dándole un ritmo a lo Sonic Youth, pero sin salirse por completo del universo SKM.

Kozelek es un maestro para retratar lo irrelevante de la cotidianidad. En “Richard Ramirez Died Today of Natural Causes”, por ejemplo, cuenta que estando en su estudio, esperando a uno de los músicos, se entera de la muerte de James Gandolfini, mientras se sirve una sopa ramen y un té verde; para luego reparar en cuestiones de salud, un accidente de avión y el suicidio colectivo de los miembros de la secta de Jim Jones. En otras canciones, el norteamericano habla también de drogas, croquetas de cangrejo, el amor por su abusivo padre, las canciones lentas de Led Zepellin y, sobre todo, de muchas personas de su entorno particular.

Aquel que no domina el inglés tiene de todos modos un viaje asegurado al universo sonoro de SKM. Pero la experiencia es mayor cuando se entienden las letras. Nada sutil, casi naturalista, Kozelek hace uso de un lenguaje directo, donde parece que no se guarda ningún pensamiento para sí mismo. Las melodías son taciturnas sin importar si está hablando de un plato de frejoles o de la muerte de un amigo cercano. Es paradójico cómo puede conmover cuando habla de sus recuerdos de niñez, pero lo hace con el estilo de un narrador indiferente, apartado de cualquier sistema de creencias externas a él. La existencia precede a su esencia. No sé si Kozelek haya leído a Sartre o Camus, pero su visión del mundo y la frialdad con la que empieza sus canciones me hace recordar al inicio de “El Extranjero”: “Hoy murió mi madre o fue ayer. No lo sé”.

Sin embargo, en este disco, SKM puede llegar a ponerse un poco monótono. Empieza a repetirse y eso se siente más cuando el álbum tiene 11 canciones, y una de ellas dura más de 10 minutos sin algún matiz distinto a las otras. Minimalismo existencialista. (Mario Reggiardo).

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