“Burn Your Fire For No Witness” de Angel Olsen

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ANGEL OLSEN
Burn Your Fire For No Witness
Jagjaguwar

Más que continuación de estilo en base a lo publicado previamente, lo nuevo de Angel Olsen, tanto como ondear la bandera de “hallazgo”, merece verse como una suerte de renacimiento creativo. Pese a lo enmarañado de la precisión discográfica en la que se le ubica en estos momentos (este es su lanzamiento debut en el formato de banda, a su vez su segundo larga duración en solitario y en paralelo, su cuarta entrega de estudio, claro, si sumamos ahí a su cassette artesanal de covers facturado en el año 2010), el bajo perfil por el que ha transitado hasta la fecha su obra puede entenderse, dado que la joven cantautora de Missouri durante un buen tiempo y en paralelo a su continua producción independiente, optó por cobijarse bajo el amparo de The Cairo Gang, el grupo de Emmett Kelly en donde militó como apoyo vocal del gran Bonnie ‘Prince’ Billy. Si bien su EP Strange Cacti (2011) y el álbum Half Way Home (2012) la pusieron en el mapa musical a punta de un enigmático folk confesional de temperamento íntimo; su actual salto a las filas del sello Jagjaguwar coincidió con el fin de su prolongada gira promocional y su nueva etapa de mudanza del barrio de Logan Square, Chicago, a la ciudad de Asheville, Carolina del Norte, contando por primera vez con la interacción de un grupo de soporte integrado por el baterista Josh Jaeger y el bajista Stewart Bronaugh, con quienes terminó de moldear el perfil de su flamante material en pleno estudio bajo la producción de John Congleton (The Walkmen, St. Vincent, Anna Calvi), pieza clave para la expansión del rango de sonido de la placa. Así, Burn Your Fire For No Witness revitaliza la estructura de su omnipresente lo-fi/acústico de fuertes referentes vintage-country (gustos heredados de la discoteca de sus padres adoptivos, ambos ya alrededor de los 80 años de edad) nutriéndolo de una poderosa vena eléctrica que hábilmente no se rinde ante los parámetros del tradicional sonido americano, atreviéndose de paso a adentrarse en narrativas aún más personales que resumen un año plagado de angustias, viajes y transformación. Y esa última, es aquí la palabra clave. De ese modo, la bienvenida de este disco tiende un puente entre su antiguo ‘yo’ con el lamento twang de “Unfucktheworld” para virar a un inédito estallido de guitarras y bases rítmicas más en sintonía con la primera Liz Phair que se apoderan de Olsen en la brillante “Forgiven/Forgotten”. Dos minutos después resurge camaleónicamente como si se tratase de una Patsy Cline modernizada, desafiándolo a uno a esa aceptación de una ausencia latente, tema gravitacional en su pluma: “¿Te sientes solitario? Choca esos cinco: yo también” sentencia en el reverberante single “Hi-Five”. Y todo gira con tanto sentido tratándose de un disco descorazonado, de expiación sentimental que también tiene sus atisbos de esperanza, mordacidad y claro, excelsa belleza sonora como en la desoladora “High & Wild”, “Lights Out” o la coheniana “White Fire”; una apasionante producción en donde pista a pista (ojo con ese lado-B del álbum: un compendio de pura e intensa resonancia emocional) despliega su magnético encanto vocal canalizado en diversos registros siempre dispuestos al servicio de la canción.

“Desearía tener la voz de todo” reza conmovedoramente en la espléndida “Stars” transpirando tanta honestidad que a uno lo convence de que este disco es la prueba concreta de qué tan cerca está de ello. Tengámoslo claro: cerquísima. (Fabricio Santibañez)

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